octubre 25, 2010

EL OSO Y EL MADROÑO

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Llegar a Madrid y encontrarse una ciudad llena de muros y terrazas desde donde poder observarla sin contaminarse por los ríos de cabezas desbordados que suben y bajan en los cauces, ahora amplios y circundados por acantilados de piedra tallada por algún genio enterrado, ahora estrechos y sinuosos cual cuevas de sésamo con citas, ciertas o no, de cualquiera que tenga un bolígrafo a mano y una idea sin folio o portátil con teclas desgastadas.

Otear desde más allá en un universo concienzudamente apartado donde los libros se desdoblan y los marcos se llenan de iris abiertos en agujeros negros hacia la nada.

Y de súbito encontrarse en el regazo de una madre tierra de césped recién cortado, árboles con delirios de grandeza llenos de ramas abrazadoras y con marcas de estupidez humana impresa con saña y arma blanca en la corteza, suelos llenos de hojas y piedras que pacen entre hormigas y plumas arrancadas; más todo desde fuera como un film documental sobre reiki, malabares, juegos infantiles y oasis en ciudad o naturaleza muerta por (des)construcción humana en un retiro de pétalos marchitándose y ultrasonidos por vía intravenosa.

Luego hallar una corona de mujer sabia en la entrada de un museo en el que los relojes van tapiando la entrada y jugar a ponérsela y gobernar el país de la celulosa a lomos de Gala, que es perseguida a su vez por los gritos del diario de un genio que están ansiosos por salir de la portada y convertirse en lienzo en blanco, por siempre jamás su mejor obra.

Ir al teatro mientras el mundo explota.


Nuria Barea
Rescatado de La Libreta Azul

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