octubre 17, 2010

MEDITACIÓN SOBRE UNA ESCOBA

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Ese simple palo que ahí veis yaciendo sin gloria alguna en un rincón olvidado, lo he visto en otro tiempo floreciente en un bosque: estaba lleno de savia, lleno de hojas y lleno de ramas, pero ahora inútilmente el arte diligente del hombre pretende luchar contra la naturaleza atando un haz marchito de juncos a su tronco reseco: sólo alcanza a ser lo contrario de lo que era, un árbol patas arriba, los ramajes sobre la tierra y las raíces al aire; ahora, manejado por cualquier fregona. Y condenado a ser su esclavo, su misión, por un capricho del destino, es limpiar los otros objetos y ensuciarse a sí mismo; finalmente, usado hasta el mando en manos de los sirvientes, es lanzado a la calle o condenado, como último servicio, a encender el fuego. Mientras lo contemplaba, suspiré y me dije: "¡Ciertamente el hombre es una escoba!".

La naturaleza le puso en el mundo fuerte y vigoroso, en una condición próspera, llevando sobre la cabeza los propios cabellos, verdaderas ramas de ese vegetal dotado de razón, hasta que el hacha de la intemperancia hizo caer sus ramajes verdosos y sólo dejó un tronco reseco. Recurre, entonces, al artificio, y viste una peluca, estimándose a causa de un haz artificial de cabellos (recubiertos de polvos) que jamás han crecido sobre su cabeza; pero si nuestra escoba tuviera en aquel momento la pretensión de hacer su entrada, orgullosa de los despojos de abedul que jamás llevó y enteramente cubierta de polvo, aunque procediera éste de la estancia de la dama más hermosa, estaríamos dispuestos a ridiculizar y despreciar su vanidad, jueces parciales que somos de las propias perfecciones y de los defectos de los restantes hombres.

Pero una escoba, quizá me dirán ustedes, es el emblema de un árbol que se mantiene sobre la cabeza, y yo les pregunto: ¿qué es un hombre, sino una criatura patas arriba, con sus facultades animales perpetuamente encaramadas sobre sus facultades razonables y la cabeza donde debieran estar los talones, arrastrándose sobre la tierra? Y sin embargo, con todas sus culpas, se erige  en reformador universal y destructor de abusos, y como enderezador de entiertos husmea en todos los rincones sucios de la naturaleza, descubriendo la corrupción oculta, inhalando todo el tiempo buena parte de las mismas poluciones que pretende borrar; sus últimos días transcurren en la esclavitud de las mujeres, y generalmente de las menos merecedoras: hasta que usado hasta el mango, como su hermana escoba, es lanzado a la puerta de la calle, o empleado en encender las llamas que a otros rescaldarán.


Jonathan Swift 
Antología del humor negro, por André Breton 

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