marzo 30, 2017

HAZTE OÍR

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A veces me pregunto si soy cruel por hablarte
sabiendo cuánto te duele digerir el contraste
de quién soy en realidad con cómo esperas que sea.

Puedo llegar a entender que te avergüences de mí,
que te moleste cuando alguien pregunte por tu hija.
Es del miedo el desprecio que proviene de ti;
cuando crees que me ves, estás mirando
cada salto al vacío que no diste.

Si rechazas mi forma visceral de repensar
este mundo claustrofóbico inventado por alguien
donde se reza a la mentira y se viola de verdad
cada derecho ante un púlpito que aplaude,
estás obviándome a mí por cómo pienso,
por lo que creo y por dónde vivo.

Me engendraste con la suerte de saberme mujer
en un cuerpo de niña en consonancia conmigo
y abrazaste mi infancia creyéndome a salvo
de la hipersexualización de un gobierno castrante
que se deja sepultar sin cuestionar los dictados
de un sistema binario hecho por hombres grises,
tejedores de redes ahogaderas de luces
que declaran la guerra al arco iris creciente
a pesar de sus nubes de terror hipócrita
y de su intolerancia a lo distinto.

Lo que llevo mejor son los recuerdos tranquilos
que me digas te quiero e intentes demostrármelo,
aunque ambas sepamos que has olvidado cómo.
Lo que llevo peor es seguir necesitando que apruebes cómo siento
o un cuarto de fracción de lo que pienso
o una décima parte de cómo vivo
y que sea una utopía enseñar el amor
a quien no lo ha vivido.

Entre otras muchas cosas, soy tu hija
y escribo para no vivir ahogándome
porque a veces me pregunto si soy cruel por callarme
lo que ya no te digo.


Nuria Barea
la [nueva] libreta azul

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